Los psicólogos también lloramos

     Recuerdo la primera vez que lloré mientras atendía. Han pasado ya veintitantos años de aquel día. Era un muchachito de escasos diecinueve años. Inteligente y con un maravilloso sentido del humor. Trabajaba en al recepción de la ONG donde yo era terapeuta. Había perdido hacía tiempo parte de la visión por causa del HIV y aun así no sólo se sostenía en pie, sino que supo salir airoso de muchas situaciones extremas durante sus internaciones. Ya se había acostumbrado a hacerle gambetas a la muerte, sin embargo esta vez en sus ojos adolescentes estaba la mirada del cansancio de un anciano que espera su fin. Le habían entregado los resultados de sus análisis. Me dijo: “tengo tan pocos CD4 que podría ponerles nombres…” Las hojas de los resultados se resbalaron de sus manos y fueron a dar al suelo junto con sus esperanzas. Se quedó mirando fijamente los resultados como soñando que no fueran ciertos, mientras ocultaba sus lágrimas.
     Yo estaba en mi sillón y él, frente a mí, en un sofá de tres cuerpos. Me levanté y me senté a su lado. Puse mi mano en su hombro y eso fue suficiente para que se abrace a mí como si temiera caer a un precipicio. No lo pude evitar. Un par de lagrimas surcaron también mis mejillas. Una silencioso cariño emanaba de ambos y llenaba mi consultorio de la calle Salguero. Así nos quedamos la sesión entera. Sin pronunciar palabra, respirando en el silencio del abrazo, mientras lo oscuro volaba en círculos en torno a nosotros.
     Cuando llegó la hora, lo miré fijamente y le dije: No sabemos qué nos espera, nadie puede saberlo, pero yo estoy aquí y vos también. La próxima vez estaré nuevamente y voy a esperarte, aquí mismo, y confío en que vendrás.
     Y así fue. Volvió. Esa y muchas, muchas otras veces, hasta que nos despedimos pues ya no necesitaba de la terapia. Meses después se enamoró y se fue a vivir con su amor al extranjero. Retomó sus estudios se graduó y hoy tiene un doctorado y es feliz con su vida.
   Cada tanto recibo sus noticias conserva la misma frescura y el humor de entonces. Inevitablemente sonrío cuando lo leo y se entibia mi corazón.

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