Nada sobra y nada falta

      Una capa pesada y oscura la protegía de la curiosidad morbosa. Sin embargo, a pesar del atavío, conservaba algo leve y etéreo. Cuando llegué permaneció inmóvil frente a la mesa. Ni siquiera giró su rostro para saludarme. Pude vislumbrar  no más de un par de centímetros de su mentón tras la capucha. No alcancé a divisar sus ojos, pero sabía con todo mi cuerpo que estaba siendo observado. Y no era una mirada ordinaria, ella atravesaba terciopelo, piel, carne, huesos… hurgaba cada resquicio en mí. Me sentía más que desnudo.

     Me senté frente a ella y solté un torpe hola impostado que intentaba mostrar que no le temía.

Retiró con suavidad su capucha con un movimiento agónicamente lento y seductor. Sus dedos largos no eran huesos secos. Eran como tallos de flores cubiertos por una piel blanquísima sumamente delicada.

   Para mi sorpresa, el rostro de la muerte no era  monstruoso. Nada de claveras con telarañas. nada de  dientes horribles… Era un bello e intrigante rostro femenino. Aunque no tenía arrugas, el conjunto, su atuendo y su actitud inspiraban un cierto temor reverencial.

   Alzó lentamente su mirada eterna hasta mis ojos. Cuando la vi me quedé sin aliento. Como si hubiese succionado mi humanidad entera en un microsegundo.

En ese único instante vi toda la existencia. Pero no vi, como suelen decir algunos, que cuando vas a morir ves toda tu vida desfilar ente tus ojos,  no, no, no; ¡nada de eso!

     Lo vi todo.  Todo lo que es, y lo que no es, todo lo que espera para ser, todo lo que ha sido… Todo y a todos formando parte de algo increíblemente perfecto, coherente y complejo. Cada pieza tallada con precisión infinitesimal, deliciosamente y en su sitio conformando la gigantesca maquinaria-milagro.

En mi visión, todo lo que nacía se concentraba en algunos puntos, y lo que moría se dispersaba en el espacio y tiempo… Todo estaba allí. Vivo. Expandiéndose y luego contrayéndose como un descomunal pecho que respira. Todo estaba dentro de esa mirada.

     Esos ojos oscuros me llevaron de una punta a otra del tiempo, entre la existencia y la no existencia, arrastrándome por tantos mundos como ningún viajero podría conocer en mil existencias.

     Fue abrumador, creí que enloquecería. Mi mente insignificante no podía procesar semejante enjambre de orbes. Mientras veía ese revoltijo de sonrisas, huesos rotos, besos, ataúdes, abrazos, explosiones atómicas, nacimientos, y un ejército de madres dando de mamar al universo… una enorme paz me fue llenando, y se hizo carne la sensación de lo que me dijo una vez la anciana del bosque: “Nada sobra y nada falta” todo está como debía estar, en perfecta armonía.

    De pronto un pensamiento aterrador me extirpó de esa paz inmensa: ¡quizás ya estaba muerto!  El pensamiento fue como un latigazo, como si alguien jalara una cuerda atada a mi cintura y me arrastrara a través de todos esos mundos mágicos de regreso hasta la mesa del bar en la que ella seguía mirándome en su imperturbable y envolvente serenidad marmórea.

Se arropó un poco como si tuviera frío, un gesto de humana fragilidad, sumamente femenino y hermoso que disipó mi miedo. Entonces mirándome ahora con unos bellos ojos de mujer, me dijo:

          No temas verme de lleno, soy mucho más honesta que la mayoría de los espejos en los que te miras. 

      Aunque te prometan vivir más, ser más que otros, tener muchas cosas, ninguno de ellos puede quitarte tu condición humana; Ni el poder, ni el dinero, ni el éxito te salvarán; sólo yo puedo hacer eso y, de hecho, lo haré hasta que llegue tu hora. 

Recordé entonces las palabras de un sabio que decían: cuando creas que todo se perdió, que tu fin es inminente, que estás acabado… pregúntale a tu muerte si es verdad. Y ella te dirá que lo único que importa es su toque, si no te ha tocado es porque aún no llego tu hora. La mujer aún mirándome siguió:

     —Pero tú, mi querido hombre pequeño, aún hay mucho espacio en tu mochila; tu no estás completo, no te has ganado tu libertad… —No puedo negar que sentí cierta decepción cuando dijo que no estaba aún a su altura.

         Ahora sigue tu camino y recuérdame, recuerda que no eres inmortal, así que mejor llena tus morrales con historias que valgan la pena… pues tus historias es lo único que te llevarás. 

 

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