Diario de un psicólogo, 1

Los psicólogos tenemos un escudo de papel que nos protege de la mayoría de los embates emocionales. Es gracias a ese escudo que podemos lidiar con situaciones dolorosas y salir relativamente indemnes. Digo relativamente porque no siempre ese escudo es totalmente efectivo. Por ejemplo, cuando más jóvenes somos, menos lo sabemos usar. Luego, a medida que maduramos como profesionales, vamos sintiendo que ya son pocos los temas que nos pueden sacar del eje. Y, en la madurez, quizás porque hay un cierto efecto acumulativo en el exponerse al dolor de las personas,  vuelve por momentos a afectarnos, pero de otra manera. No es igual a cuando éramos jóvenes, ahora, de adulto, por momentos siento que el dolor nunca se acabará, que lo que hacemos los terapeutas en general siempre será poco.

Como sea, hablaba de esas situaciones en las que nuestro diploma, pues nuestro escudo es nuestro saber, no nos puede proteger. Y esto es cuando alguien a quien amamos está en algún dolor. Tengo incluso la teoría de que es aún más difícil  que si no fuésemos psicólogos, porque sobre nosotros suelen pesar las miradas expectantes de una respuesta desde la psicología. Pero ¿cómo demonios vamos a hacer hablar al psicólogo si sabemos que es sólo un rol, una máscara que se pone la persona? Y si esa persona tras esa máscara está destrozada, ¿qué palabra puede tener claridad y fuerza suficiente como para atravesar entera su nudo en la garganta?  Así están mis días.

Mi madre se despierta. Me apresuro a decirle “buenos días mamá”, me apresuro porque sé que no va a recordarme y ver a un hombre en la casa la puede angustiar mucho. Ella finge que recuerda, pero está en blanco. Jugamos a que yo no me doy cuenta de que ella no sabe donde está, y que no sabe quien soy; y comienzo a contarle que mi hermana, su otra hija viva, le dejó un beso, y se fue a trabajar al hospital. Pero que los chicos están en la casa. Se queda pensando…

—¿Una nena y un varón?

—Sí, respondo como si nada. Y así vamos jalando el hilo y cada recuerdo que parecía perdido, aparece nuevamente. En verdad no todos, ella se cuida de olvidar que tiene dos hijos muertos, sólo lo puede recordar cuando ya está bien avanzado el día y ya ha reconstruido un poco más del mapa de su historia e inevitablemente aparecen esos cráteres en su corazón.

—Guillermo, ¿yo estoy loca?

—No mamá, estás olvidadiza. Con tus años ya te has ganado el permiso para olvidarte.

Se queda pensativa y luego dice: “¡Qué lindo suena!  Permiso para olvidarme… suena mucho mejor que decir que estoy loca”

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